soltarlo cuando ya se me había venido encima de las orejas como una especie de apagador.
“¡Oiga! ¡Este no es mi sombrero!”
—¡Es mi sombrero! —dijo sir Roderick con la voz más fría y desagradable que jamás había oído—. El sombrero que me robaron esta mañana mientras iba en mi coche.
“Pero—”
Supongo que Napoleón o alguien por el estilo habría estado a la altura de las circunstancias, pero debo confesar que a mí me vino grande. Me quedé allí con los ojos como platos y en estado catatónico, mientras el viejo me quitaba el sombrero y se volvía hacia Jeeves.
—Me alegraría, buen hombre —dijo—, que me acompañaras unos cuantos pasos calle abajo. Deseo hacerte algunas