daría de lleno en el centro.
Arrojé el ladrillo y di en el blanco.
El Excmo. Sr. no parecía muy satisfecho que digamos.
“¡No lo provoques!”, dijo él.
—Me provocaba —dije.
El cisne extendió otros ocho pies de cuello e imitó a un escape de vapor de una tubería rota. La lluvia seguía cayendo con lo que podría llamarse una furia indescriptible, y lamento que en la agitación inseparable de trepar por un muro de piedra prácticamente de un segundo a otro se me hubiera caído el impermeable que traía conmigo para mi compañero de gallinero. Por un momento pensé en ofrecerle el mío, pero prevalecieron los