lo doy palabra! Tuve que recurrir a Jeeves para que acudiera al rescate con uno de sus brebajes salvavidas.
Desde el desayuno me sentí como un carterista en una estación de tren. Tuve que merodear esperando a que el paquete fuera colocado en la mesita del recibidor, y no lo pusieron. El tío Willoughby era un accesorio fijo en la biblioteca, dando los últimos toques a su gran obra, supongo, y cuanto más lo pensaba, menos me gustaba el asunto. Las probabilidades en contra de que saliera con la mía parecían de unas tres a dos, y la idea de lo que pasaría si no lo hacía me daba escalofríos por la espalda. El tío Willoughby solía ser