surgido para impedirlo, el joven Motty habría estado en un sanatorio para cuando lady Malvern regresara.
“Exactamente, señor”.
Cuanto más lo miraba de ese modo, más sensata me parecía la idea de la trena. No cabía la menor duda de que la cárcel era justo lo que el médico recetaba para Motty. Era lo único que podía haberlo frenado. Me daba pena el pobre infeliz, pero, después de todo, reflexioné, un tío que se había pasado la vida entera con Lady Malvern, en un pueblecito del interior de Shropshire, no tendría mucho de qué quejarse en la trena. En conjunto, empecé a sentirme totalmente animado otra vez. La vida se volvió como dice el poeta Johnnie: un gran