adorno que para uso, ¿saben?; pero denme cinco minutos para charlar del asunto con Jeeves, y estoy dispuesto a aconsejar a cualquiera sobre lo que sea. Y por eso, cuando Bruce Corcoran vino a mí con sus cuitas, mi primer acto fue tocar el timbre y plantearle el problema al muchacho de la frente abombada.
—Déjaselo a Jeeves —dije.
Conocí a Corky por primera vez cuando vine a Nueva York. Era amigote de mi primo Gussie, que andaba metido con un montón de gente por la zona de Washington Square. No sé si se lo conté alguna vez, pero el motivo por el que dejé Inglaterra fue que mi tía Agatha me mandó para intentar evitar que el joven Gussie se casara con una muchacha de los escenarios de variedades, y lo enredé todo de tal manera que decidí que sería un plan sensato quedarme un tiempo en América en vez de volver y mantener largas y acogedoras charlas sobre el asunto con mi tía. Así que mandé a Jeeves a buscar un apartamento decente y me instalé para pasar un tiempo de exilio. Debo confesar que Nueva York es un sitio fantástico para estar exiliado. Todo el mundo se portó de maravilla conmigo, parecía haber un montón de cosas pasando, y soy un tipo adinerado, así que todo iba sobre ruedas. Los muchachos me presentaron a otros muchachos, y un día tras otro, y no tardé en conocer a escuadrones de los de buena clase, algunos con montañas de dólares en casas junto al Parque, y otros