el favor de llamar por teléfono al señor Biffen y dígale que el señor Wooster le envía sus afectuosos saludos y que ya lo tiene.
A la mañana siguiente, me sentía más que satisfecho de mí mismo mientras me dirigía paseando a casa de Biffy. Por regla general, las ideas geniales que a uno se le ocurren por la noche tienen la maña de no parecer tan sumamente formidables cuando las examinas a la luz del día; pero esta se veía tan bien en el desayuno como antes de la cena. La examiné minuciosamente desde todos los ángulos, y no veía cómo podía fallar.
Unos días antes, el hijo de mi tía Emily, Harold, había celebrado su sexto cumpleaños; y, viéndome en la imperiosa necesidad de contribuir con un presente de algún tipo, había visto casualmente en una tienda de Strand un aparatito bastante alegre, idóneo a mi parecer para divertir al infante y congraciarlo con propios y extraños.
Era un ramo de flores en una especie de soporte que terminaba en un ingenioso accesorio de bulbo que, al presionarlo, lanzaba litro y medio de agua pura de manantial a la cara de cualquiera que fuera lo bastante estúpido como para olerlo.
Me pareció justo lo indicado para complacer la mente en desarrollo de un crío de seis años, y me había pasado por allí con él.
Pero cuando llegué a la casa me encontré a Harold sentado en