el énfasis posible en esto— es que de vez en cuando, justo cuando el populacho ha perdido la esperanza de que llegue a mostrar alguna inteligencia verdaderamente humana, tengo lo que es ocioso fingir que no es una inspiración. Y eso fue lo que ocurrió ahora. Dudo que la idea que se me ocurrió en este momento se le hubiera ocurrido a ninguno de entre una docena cualquiera de los tipos más cerebritos de la historia. A Napoleón se le pudo haber ocurrido, pero apuesto a que a Darwin, a Shakespeare y a Thomas Hardy no se les habría pasado por la cabeza ni en mil años.
Me vino durante el viaje de vuelta. Venía caminando de regreso por la orilla, exprimiéndome furiosamente la mollera, cuando vi al niño gordo golpeando meditabundo una medusa con una pala.
La chica no estaba con él. La tía no estaba con él. De hecho, no había nadie más a la vista. Y la solución a todo el problema entre Freddie y su Elizabeth se me apareció de repente como un flash.
Por lo que había visto de ambos, era evidente que la muchacha le tenía cariño a este crío y, de todos modos, era su primo, así que lo que me dije a mí mismo fue lo siguiente: > Si secuestro a este joven peso pesado por un breve espacio de tiempo y si, cuando la chica esté