ocasiones en los últimos diez días le ha entregado citaciones a la señorita Sipperley: por exceder el límite de velocidad en su automóvil; por permitir que su perro aparezca en público sin collar; y por no arreglar una chimenea humeante. Como es una especie de autócrata en el pueblo, si me permite la expresión, la señorita Sipperley solía hacer estas cosas en el pasado con total impunidad, y el celo inesperado del agente la ha vuelto algo maldispuesta hacia los policías en general y, en consecuencia, dispuesta a ver agresiones como la del señor Sipperley con un espíritu benévolo y de miras amplias.
Comprendí su punto de vista.
—¡Qué golpe de suerte tan increíble, Jeeves!