no dijera. ¡Malditamente difícil es poner las cosas en marcha como Dios manda en una ocasión así! Un tipo que vive en un piso de Londres está muy limitado. Quiero decir que, si yo hubiera sido el joven terrateniente recibiendo al visitante en el campo, habría podido decir: «¡Bienvenido a Meadowsweet Hall!» o alguna tontería vivaz por el estilo. Suena ridículo decir: «Bienvenido al número 6A de Crichton Mansions, Berkeley Street, W.».
—Temo llegar un poco tarde —dijo, mientras nos sentábamos.
—Me retuvieron en mi club Lord Alastair Hungerford, hijo del duque de Ramfurline. Su Gracia, según me informó, había manifestado una reaparición de los síntomas que tantos quebraderos de cabeza le vienen dando a la familia. No pude dejarlo de inmediato. De ahí mi impuntualidad, la cual confío en que no le haya causado inconveniente.
“Oh, en absoluto. Así que al duque se le ha ido la pinza, ¿no?”
“La expresión de la que usted se sirve no es precisamente la que yo mismo habría empleado en relación con el jefe de quizás la familia más noble de Inglaterra, pero no cabe duda de que la excitación cerebral, como usted sugiere, existe en no pequeño grado”.
Suspiró lo mejor que pudo con la boca llena de chuleta.
“Una profesión como la mía es una gran tensión, una gran tensión”.
“Debe de ser.”
“A veces me horroriza lo que veo a mi alrededor”. Se detuvo