la funda del sermón al subir al púlpito. Titubeó un instante al llegar al hueco del manuscrito, pero siguió tan pancho, y Steggles se marchó con la impresión de que veinte minutos o un poco menos era su duración habitual. El domingo siguiente escuchamos a Tucker y a Starkie, y ambos se pasaron de largo los treinta y cinco minutos, así que Steggles organizó las apuestas tal como ves en la tarjeta. Tienes que entrar en esto, Bertie. Verás, el problema es que no tengo un duro, Eustace no tiene un duro y Bingo Little no tiene un duro, así que tendrás que financiar el Sindicato. ¡No te desinfles! Es simplemente meternos dinero en los bolsillos a todos. En fin, ya tendremos que ir volviendo. Piénsatelo bien y llámame por teléfono más tarde. Y, si nos fallas, Bertie, que la maldición de un primo... Venga, Claude, viejo amigo.
Cuanto más estudiaba el plan, mejor me parecía.
—¿Qué le parece, Jeeves? —dije.
Jeeves sonrió con suavidad y se desvaneció.
—Jeeves no tiene sangre deportiva —dijo Bingo.
—Pues yo sí. Yo voy a entrar en esto. Claude tiene toda la razón. Es como encontrarse dinero a la vera del camino.
—¡Buen hombre! —dijo Bingo—. Ahora veo la luz. Digamos que le meto diez libras a Heppenstall y me llevo el bote; eso me dejará un buen margen para