tía Agatha esperándome en el muelle con una piel de anguila disecada. No me quedaba absolutamente más remedio que hospedar al individuo y sacar lo mejor de aquello.
Hacia el mediodía llegó el equipaje de Motty, y poco después un gran paquete de lo que supuse que eran buenos libros.
Me animé un poco al verlo. Era uno de esos paquetes descomunales y parecía tener suficiente dentro como para mantener ocupado al muchacho durante un año.
Me sentí un tanto más alegre, me puse mi sombrero de Country Gentleman en la cabeza, le di una vuelta a la corbata rosa y salí tambaleándome a picar algo de almorzar con uno o dos de los muchachos en una taberna vecina; y entre la excelente comida y bebida, la animada conversación y todo lo demás, la tarde transcurrió bastante feliz.
A la hora de cenar casi me había olvidado de la nefasta existencia de Motty.
Cené en el club y después pasé a ver un espectáculo, y no fue hasta bastante tarde cuando regresé al piso. No había rastro de Motty, y di por sentado que se había ido a la cama.
Me parecía raro, sin embargo, que el paquete de buenos libros siguiera allí, con el cordel y el papel. Parecía como si Motty, tras despedir a su madre en la estación, hubiera dado por terminada la jornada.
Jeeves entró con el güisqui con soda nocturno.