Jeeves, ahora sé cómo se siente un general cuando planea algún gran movimiento científico y sus tropas le fallan a última hora.
—¿De veras, señor?
—Sí —dije, y le conté lo que había pasado.
Escuchó pensativo.
—Un joven algo vacilante y mudable, el señor Biffen —fue su comentario cuando hube terminado—. ¿Me va a necesitar por lo que queda de tarde, señor?
—No. Voy a Wembley. Solo he vuelto para cambiarme y coger el coche. Prepárame algunas prendas bastante duraderas que aguarden bien los aplastamientos de la hidra de mil cabezas, Jeeves, y luego llama al garaje.
—Muy bien, señor. El cheviot gris será, me figuro, el adecuado. ¿Sería mucho pedirle que me hiciera un hueco en el coche,