Era esa canción que canta no-sé-cómo-se-llama en aquella revista del Palace —reconocerías la melodía si te la tarareara, pero nunca logro acordarme de la maldita pieza—. Siempre se llevaba tres bises en el Palace, y ahora gustó, incluso con un chiquillo de voz chillona que saltaba dentro y fuera del tono como un rebeco de los Alpes saltando de risco en risco. Hasta los tipos duros la aprobaron. Al final del segundo estribillo, toda la sala pedía el bis a gritos, y el crío con voz de tiza sobre pizarra tomó aire hondo y se dispuso a soltarla una vez más.
En ese momento se apagaron todas las luces.
No sé cuándo antes me había ocurrido algo tan repentino y devastador. No parpadearon. Simplemente se apagaron. El pasillo quedó en completa oscuridad.
Bueno, claro, eso rompió el encanto por decirlo de algún modo. La gente empezó a gritar instrucciones, y los tipos duros zapatearon y se acomodaron para pasar un buen rato. Y, por supuesto, el joven Bingo tuvo que hacer el ridículo. Su voz nos disparó de repente desde la oscuridad.
«Señoras y señores, algo ha ido mal con las luces...»
A los Huevo Duros les hizo gracia este dato de primera mano. Lo adoptaron casi como un grito de guerra.
Luego, al cabo de unos cinco minutos, volvieron a encender las luces y se reanudó el espectáculo.
Costó diez minutos después de eso que el público volviera a su estado de coma, pero al fin empezaron a calmarse, y todo iba viento en popa cuando un muchachito