un par de días después partimos hacia Marvis Bay, donde había alquilado una casita de campo para julio y agosto.
No sé si conoces Marvis Bay. Está en Dorsetshire y, aunque no es lo que se dice un lugar ferozmente emocionante, tiene muchas virtudes.
Uno se pasa el día allí bañándose y sentado en la arena, y por la noche sale a pasear por la orilla con los mosquitos. A las nueve de la noche te untas pomada en las heridas y te vas a la cama.
Era una vida sencilla y sana, y parecía sentarle de maravilla al pobre viejo Freddie. Una vez que salía la luna y la brisa suspiraba entre los árboles, no había forma de sacarlo de esa playa ni con sogas.
Se convirtió en la mascota favorita de los mosquitos. Se quedaban rondando a que saliera, y dejaban pasar a viandantes perfectamente apetecibles solo para reservarse y estar en plena forma para él.
Fue durante el día cuando encontré a Freddie, el pobre viejo, un tanto pesado como invitado. Supongo que no se puede culpar a un tipo cuyo corazón está roto, pero hacía falta bastante fortaleza para soportar a este ejemplar aplastado por la melancolía durante los primeros días de nuestras pequeñas vacaciones. Cuando no estaba mordiendo una pipa y mirando con el ceño fruncido la alfombra, se sentaba al piano para tocar «El rosario» con un solo