sale para volver a ser un capitán de la industria. Pero el señor Worple, en su tiempo libre, era lo que se conoce como ornitólogo. Había escrito un libro titulado American Birds, y estaba escribiendo otro, que se llamaría More American Birds. Cuando terminara ese, era de suponer que empezaría un tercero, y seguiría así hasta que se agotaran las existencias de aves americanas. Corky solía ir a verle más o menos una vez cada tres meses y le dejaba hablar de aves americanas. Aparentemente, podías hacer lo que quisieras con el viejo Worple si primero le dabas cuerda con su tema favorito, así que estas pequeñas charlas arreglaban la asignación de Corky por un tiempo. Pero aquello era bastante horrible para el pobre muchacho. Estaba la terrible incertidumbre, ya ve, y, aparte de eso, las aves, excepto cuando estaban asadas y en compañía de una botella bien fría, lo aburrían soberanamente.
Para completar el estudio psicológico del señor Worple, era un hombre de genio sumamente variable, y su tendencia general era pensar que Corky era un pobre imbécil y que cualquier paso que diera por su cuenta en cualquier dirección era solo una prueba más de su idiotez innata. Supongo que Jeeves siente algo muy parecido respecto a mí.
De modo que cuando Corky se deslizó en mi apartamento una tarde, empujando suavemente a una chica delante de él, y dijo: «Bertie, quiero que conozcas a mi prometida, la señorita Singer», el aspecto del asunto que me llamó la atención en primer lugar fue precisamente aquel