al diablo con eso, Jeeves! —dijo, visiblemente alterado—. Ojalá al menos lo pusiera en otra mesa para variar.
—¿Señor? —dije.
—Todas las noches, maldita sea —prosiguió el señor Wooster con melancolía—, entras a exactamente la misma maldita hora de siempre con la misma maldita bandeja de siempre y la pones en la misma maldita mesa de siempre. Estoy hasta la coronilla, te lo digo yo. Es la maldita monotonía de todo esto lo que hace que parezca tan condenadamente maldito.
Confieso que sus palabras me infundieron cierta aprensión. Ya había oído a otros caballeros a cuyo servicio había estado hablar exactamente del mismo modo, y casi invariablemente había significado que estaban meditando contraer matrimonio.
Me inquietó, por tanto, debo confesar con franqueza, que el señor Wooster se dirigiera a mí de ese modo. No tenía ningún deseo de romper una relación tan grata en todos los aspectos como la suya y la mía, y mi experiencia es que cuando la esposa entra por la puerta principal, el ayuda de cámara de los días de soltero sale por la de atrás.
—No es culpa tuya, por supuesto —continuó el señor Wooster, recuperando cierto grado de compostura—. No te estoy culpando. Pero, ¡caramba!, o sea, has de reconocer —quiero decir que he estado meditando bastante estos últimos días, Jeeves, y he llegado a la conclusión de que mi vida está vacía. Me siento solo, Jeeves.
“Tiene