tomar la curva, vi a media distancia a una mujer trasteando junto a un arriate con una badilejo en la mano. Si no era la hembra que andaba buscando, me equivocaba por completo, así que me detuve, me aclaré la garganta y rompí a hablar.
“¿Señorita Sipperley?”
Había estado dándome la espalda, y al oír el sonido de mi voz dio una especie de salto o brinco, muy parecido al de una bailarina descalza que pisa una tachuela a mitad de la Visión de Salomé. Aterrizó y se me quedó quedó con los ojos desorbitados de un modo bastante bobalicón.
Una mujer grande y corpulenta, de cara rojiza.
—Espero no haberte asustado —dije.
“¿Quién eres?”