vistazo a mi alrededor, lo vi a unas diez yardas de distancia, nadando con fuerza y empleando, creo, el crol australiano. Aquel espectáculo me desanimó por completo. Quiero decir que la esencia misma de un rescate, si saben a qué me refiero, es que la parte agraviada permanezca más o menos quieta y en un solo lugar. Si empieza a nadar por su cuenta y es evidente que te saca al menos cuarenta yardas en los cien, ¿dónde estás? Todo se viene abajo. No me pareció que hubiera mucho más que hacer aparte de llegar a la orilla, así que llegué a la orilla. Para cuando hube desembarcado, el crío ya iba por la mitad del camino hacia la casa. Lo mires por el ángulo que lo mires, aquello fue un fracaso absoluto.
Me interrumpieron en mis meditaciones con un ruido parecido al del expreso de Escocia pasando por debajo de un puente. Era Honoria Glossop riéndose. Estaba de pie a mi lado, mirándome de un modo raro.
“¡Ay, Bertie, qué gracioso eres!”, dijo.
Y aun en ese momento me pareció que había algo siniestro en las palabras. Nunca antes me había llamado de otra manera que no fuera «señor Wooster».
“¡Qué mojado estás!”
“Sí, estoy mojado.”
“Más vale que te apresures a entrar a la casa y te cambies.”
“Sí.”
Le saqué un galón o dos de agua a la ropa a puro retorcer.
—¡Qué gracioso eres!