Debió de ser una semana más o menos después de la marcha de Claude y Eustace cuando me crucé con el joven Bingo Little en la sala de fumadores del Senior Liberal Club.
Estaba reclinado en un sillón con la boca abierta y una especie de expresión alelada en los ojos, mientras un tipo de barba gris en la distancia media lo miraba con tanto disgusto que dediqué que Bingo le había birlado su asiento favorito.
Eso es lo peor de estar en un club ajeno; sin la menor intención, te encuentras pisoteando constantemente los derechos adquiridos de los Socios más Antiguos.
—Hola, cara —dije.
—Adiós, monstruo —dijo el joven Bingo, y nos sentamos a tomar un trago corto antes del almuerzo.
Una vez al año, la comisión de los Drones decide que al viejo club le vendría bien una manita de gato, así que nos echan a patadas y nos endilgan durante unas semanas en otra institución. Esta vez estábamos apiñados en el Senior Liberal y, personalmente, la tensión me había parecido bastante tremenda. O sea, cuando te has acostumbrado a un club donde todo es agradable y alegre, y donde, si quieres llamar la atención de un tipo, le tiras un trozo de pan, como que te bajonea un poco