a su presa.
“Jeeves, ¿sabe lo que pienso?”
“¿Señor?”
Tragué saliva levemente.
—Jeeves —le dije—, escucha atentamente. No quiero dar la impresión de que me considero uno de esos tipos peligrosos que ejercen una fascinación irresistible sobre todo el mundo y no pueden conocer a una muchacha sin destrozarle la tranquilidad de espíritu en los primeros treinta segundos. De hecho, conmigo suele ser más bien al revés, pues las chicas, al entrar en mi presencia, son más bien dadas a levantarme una ceja y a contraer el labio superior. Por consiguiente, nadie puede decir que yo sea un tipo propenso a alarmarse sin necesidad. Lo reconoces, ¿verdad?
—Sí, señor.
—No obstante, Jeeves, es un hecho científico