en ellos.
A esto se sumaba que el tiempo seguía mejorando a más no poder; todo el mundo admitía por unanimidad que mis calcetines nuevos eran exactamente de los que hace mamá; y, para redondearlo todo, la tía Ágatha se había marchado a Francia y no estaría por los alrededores para amargarme la existencia en al menos otras seis semanas.
Y, si conocieran a mi tía Ágatha, estarían de acuerdo en que eso solo ya era felicidad más que suficiente para cualquiera.
De repente me dio tan fuerte una mañana, mientras me bañaba, la sensación de que no tenía ni una sola preocupación en el mundo, que empecé a cantar como un maldito ruiseñor mientras salpicaba con la esponja. Me parecía que todo iba absolutamente a pedir de boca en el mejor de los mundos posibles.
Pero ¿alguna vez has notado una cosa rara de la vida? Me refiero a la forma en que siempre aparece algo para darte en toda la línea justo en el momento en que te sientes más animado respecto a las cosas en general.
Apenas me hube secado las viejas extremidades, me encasqueté el traje y caminé hacia la salita, cuando cayó el golpe. Había una carta de la tía Ágatha sobre la chimenea.
“¡Ay, Dios mío!”, dije cuando lo hube leído.
—¿Señor? —dijo Jeeves. Andaba trasteando por el fondo en algún quehacer u otro.
—Es de mi tía Ágatha, Jeeves. La señora Gregson, ya sabe.
«¿Sí, señor?»
«Ah, no