Está bien.
No servía de nada discutir, claro. La tía Agatha siempre me hace sentir como si tuviera gelatina donde debería estar mi columna vertebral. Es de esas mujeres enérgicas. Supongo que la reina Isabel debió de ser algo parecido a ella. Cuando me fija con su mirada brillante y me dice: «¡Ponte las pilas, muchacho!», o palabras en ese sentido, obedezco sin más discusión.
Cuando se hubo ido, llamé a Jeeves para darle la noticia.
—Oh, Jeeves —le dije—, el señor Claude y el señor Eustace se alojarán aquí mañana por la noche.
“Muy bien, señor.”
—Me alegra que pienses así. Para mí, el panorama se ve negro y escamoso. ¡Ya sabes cómo son esos dos