Detestaba arruinar sus ensoñaciones, pero tenía que ser así.
—Por el amor de Dios, hombre —le dije—, no estás para diversiones frívolas en este momento. ¡Tienes que largarte! ¡Y rápido!
—Bertie —dijo Bingo con voz apagada—, acaba de estar aquí. Dijo que era todo culpa mía y que no me volvería a hablar en la vida. Dijo que siempre había sospechado que yo era un bromista cruel y desalmado, y que ahora ya lo sabía con certeza. Dijo... Bueno, en fin, me puso verde.
—Eso es lo de menos —dije—. Parecía imposible hacer que el pobre zib cobrara conciencia de su situación—. ¿Te das cuenta de que unos doscientos de los matones más fornidos de Twing te están esperando afuera para tirarte al estanque?
¡No!
“¡Claro que sí!”
Por un momento el pobre muchacho pareció abatido. Pero solo por un momento. Siempre ha habido algo de la buena y vieja raza de los bulldogs ingleses en Bingo. Una sonrisa extraña y dulce revoloteó un instante por su rostro.
—Está bien —dijo—. Puedo escaparme por el sótano y trepar por el muro de atrás. ¡No van a intimidarme!
No habrían pasado más de ocho días cuando Jeeves, después de traerme el té, me apartó con suavidad de la sección de deportes del Morning Post y dirigió mi atención hacia un anuncio en la columna de esponsales y bodas.
Era una breve nota en la que se anunciaba que se había concertado un matrimonio y que este se celebraría próximamente entre el honorable y reverendo Hubert Wingham, tercer hijo del excelentísimo