se me había olvidado por completo que, mientras estábamos atrapados en el tejado de esta manera, acechaba todo el tiempo en la retaguardia alguien cuyo cerebro gigantesco, de ser notificado de la emergencia y rogado que acudiera en nuestra ayuda, probablemente sería capaz de idear media docena de planes para resolver nuestras pequeñas dificultades en un par de minutos.
—¡Jeeves! —grité.
—¿Señor? —sonó una voz débil y respetuosa desde los grandes espacios abiertos.
“Mi querido amigo —le expliqué al Muy Honorable—; un sujeto de infinito ingenio y perspicacia. Nos sacará de esta en un minuto. ¡Jeeves!”
“¿Señor?”
“Estoy sentado en el tejado.”
“Muy bien, señor.”
—No diga