pero la impresión que me dio fue que no tenía un gran concepto de mí y que no apostaba mucho a que fuera a mejorar gran cosa con el trato. Tenía la sensación de que yo le resultaba tan simpático como una tostada con queso fría.
—¿Cómo te llamas? —preguntó él.
—¿Mi nombre? Vaya, Wooster, ya sabes, y todo eso.
—¡Mi papá es más rico que el tuyo!
Eso pareció ser todo lo que tenía que decir sobre mí. El muchacho, habiendo dicho su última palabra, volvió a empezar con la mermelada. Me volví hacia Jeeves.
—Diga, Jeeves, ¿puede concederme un momento? Quiero enseñarle una cosa.
—Muy bien, señor.
Nos dirigimos tambaleándonos a la sala de estar.