habría dicho: «¡Vaya, un pequinés, y uno bastante bueno!», y se habría puesto a hacerle arrumacos al animal de inmediato para ganarse su simpatía y su apoyo moral. Supongo que debo de ser uno de esos jóvenes neuróticos de los que hablan los diarios hoy en día, porque en menos de medio segundo quedó bastante claro que ni era fuerte ni era flemático. Esto no habría importado tanto, pero tampoco era silencioso. En la emoción del momento, solté una especie de aullido agudo y di un brinco de cerca de cuatro pies en dirección noroeste. Y se oyó un estrépito que parecía como si alguien hubiera detonado una bomba.
Lo que una novelista quiere con una mesita camilla en su estudio que contenga un florero, dos fotografías enmarcaras, un platillo, una caja laqueada y un tarro de purpurí, no lo sé; pero eso era lo que tenía la tal Rosie de Bingo, y le di de lleno con la cadera derecha y la volqué por completo. Me pareció por un momento como si el mundo entero se hubiera disuelto en una especie de cataratas de cristal y porcelana. Hace unos años, cuando hui a América para eludir a mi tía Ágatha, que andaba en pie de guerra, recuerdo haber ido a las cataratas del Niágara y escuchar los saltos de agua. Hacían un ruido muy parecido, pero