tuve la extraña sensación de que ya había hecho exactamente lo mismo antes. Entonces me acordé. Años atrás, en una fiesta en el campo, me habían enredado para hacer de mayordomo en unas obras de teatro aficionadas a beneficio de alguna obra de caridad espantosa; y tuve que abrir la función cruzando el escenario vacío desde la entrada superior izquierda y empujando una bandeja sobre una mesa abajo a la derecha. Me habían metido en la cabeza durante los ensayos que no debía tomar el trayecto a paso ligero, como un tipo que remata con fuerza en una marcha atlética; y el resultado fue que eché el freno de tal manera que me pareció que no iba a llegar jamás a la dichosa mesa. El escenario parecía extenderse ante mí como un desierto sin caminos, y reinaba una especie de silencio sin aliento, como si toda la naturaleza se hubiera detenido para concentrar su atención exclusivamente en mí. Pues bien, me sentía exactamente igual ahora. Tenía un nudo seco y sofocante en la garganta, y cuanto más caminaba, más lejos parecía alejarse el crío, hasta que de pronto me encontré de pie justo detrás de él sin saber muy bien cómo había llegado allí.
—¡Hola! —dije, con una sonrisa enfermiza que fue un desperdicio con el crío, pues ni se molestó en volverse para mirarme. Se limitó a mover la oreja izquierda de un modo bastante irritado.