Guinea fría antes de responder. Jugueteó con el libro, que se abrió por la página doscientos quince. No recordaba qué había en la página doscientos quince, pero debía de ser algo bastante animado, pues su expresión cambió y me miró con ojos nublados, como si se hubiera pasado un poco de mostaza con su último bocado de jamón.
—Muy bien, señor Wooster —dijo—. Tras la reciente lectura de esta noble obra suya, no puedo endurecer mi corazón. Richard tendrá su asignación.
—¡Valiente muchacho! —dije. Luego se me ocurrió que la expresión podía resultarle un tanto personal a un tipo que pesaba ciento diez kilos. > —Buen