Yo soy partidario de cierta camaradería en el hogar, y resultaba agotador tener que vivir con dos tipos que ni siquiera admitían la existencia del otro.
Uno sentía que aquello no podía seguir así por mucho tiempo, y, ¡caramba!, no siguió. Pero, si alguien hubiera venido a verme el día antes para decirme lo que iba a pasar, me habría limitado a sonreír con tristeza. Digo que me había acostumbrado tanto a pensar que nada que no fuera una explosión de dinamita lograría desalojar a esos dos acoplados de mi vera, que, cuando Claude se me acercó sigilosamente el viernes por la mañana y me soltó su noticia, apenas podía creer que estuviera oyendo bien.
—Bertie —dijo—, lo