Era la mañana del día en que tenía programado bajar a la finca de mi tía Ágatha en Woollam Chersey, en el condado de Herts, para una visita de tres semanas enteras; y, al sentarme a la mesa del desayuno, no me importa confesar que el corazón me pesaba de forma singular. Los Woosters somos hombres de hierro, pero bajo mi intrépido exterior en aquel momento acechaba un miedo sin nombre.
—Jeeves —le dije—, no soy mi viejo y alegre yo esta mañana.
—¿De veras, señor?
—No, Jeeves. Lejos de eso. Lejos de mi viejo y alegre yoyó.
“Siento oír eso, señor.”
Destapó los aromáticos huevos y el