notado desde hace algún tiempo”.
Cyril se había quedado con la boca abierta mientras se intercambiaban estas pocas palabras. Ahora se precipitó hacia la candileja. Incluso desde donde yo estaba sentado, pude ver que estas duras palabras le habían propinado un golpe espantoso al viejo orgullo de los Bassington-Bassington. Empezó a ponerse rosado en las orejas, luego en la nariz y después en las mejillas, hasta que en cosa de medio minuto parecía poco más o menos como una explosión en una conservera de tomates al atardecer.
—¿Qué diablos quieres decir?
—¿Qué diablos quieres decir? —gritó el viejo Blumenfield—. ¡No me grites desde el otro lado de las luces del escenario!
“¡Tengo unas malditas ganas de bajar