con apoyarse en Jeeves para que el destino no pueda tocarte.”
Puedo soportar bastante, pero hay límites.
—Vaya, de todas las agallas que he visto en mi vida...
Bingo me miró asombrado.
—¿No te molesta? —dijo él.
—¡Molesto! ¿Por estar medio Londres con la impresión de que se me ha ido la olla? Válgame el cielo...
—Bertie —dijo Bingo—, me asombras y me hieres. Si hubiera llegado a imaginar que pondrías objeción a hacerle un favor insignificante a un tipo que ha sido tu amigo durante quince años...
“Sí, pero, mire usted… ”
—¿Has olvidado —dijo el joven Bingo— que fuimos juntos a la escuela?
Me dirigí al viejo apartamento, que echaba chispas. De una cosa estaba joidamente seguro, y era de que ahí era donde Jeeves y yo separábamos nuestros caminos. Un mayordomo de primera, por supuesto, de lo mejorcito de Londres, pero no iba a permitir que eso me debilitara. Entré zumbando en el piso como un viento del este… y ahí estaba la caja de cigarrillos en la mesita y los semanarios ilustrados en la mesa grande y mis zapatillas en el suelo, y cada maldita cosa tan condenadamente en su sitio, si sabes a lo que me refiero, que empecé a calmarme en los primeros dos segundos. Fue