allí durante media hora para dar tiempo a que la costa quedara despejada, metí un libro y útiles de fumar en el bolsillo y, saliendo por la ventana, bajé deslizándome por una oportuna tubería de agua hasta el jardín. Mi objetivo era el cenador, donde me pareció que un hombre podría pasar una hora tranquila más o menos sin interrupciones.
Era sumamente alegre en el jardín. El sol brillaba, los azafranes estaban que daban gusto y ni rastro de Heloise Pringle por ninguna parte.
El gato andaba haciendo el tonto por el césped, así que lo llamé con un chasquido, emitió un ronquido ronco y vino trotando. Apenas lo había cogido en brazos y le estaba rascando detrás de la oreja cuando se oyó un fuerte grito desde arriba, y allí estaba la tía Jane medio asomada por la ventana.
Malditamente perturbador.
—Ah, de acuerdo —dije.
Solté al gato, que salió galopando hacia los arbustos, y, descartando la idea de tirarle un ladrillo al anciano pariente, seguí mi camino rumbo a la arboleda.
Una vez escondido allí a salvo, me fui moviendo hasta llegar al cenador. Y, créanme, apenas había encendido mi primer cigarrillo como Dios manda, cuando una sombra cayó sobre mi libro y ahí estaba el joven Más-Apegado-Que-Un-Hermano en persona.
—Así que ahí estás —dijo ella.
Se sentó a mi lado y, con una especie de lúgubre jovialidad,