chica bastante alta, de ojos azules y pelo rubio. Me cayó bastante bien —era tan poco parecida a Honoria— y, de haber podido disponer de tiempo, no me habría importado charlar un rato con ella. Pero los negocios eran los negocios; había quedado con Bingo en estar detrás de los arbustos a las tres en punto, así que agarré a Honoria y la conduje por los jardines en dirección al lago.
—Está muy callado, señor Wooster —dijo ella.
Me dio un pequeño sobresalto. En ese momento estaba concentrado bastante tenso.
Acabábamos de avistar el lago, y yo estaba examinando el terreno con ojo avizor para comprobar que todo estuviera en orden.
Todo parecía estar según lo previsto. El muchacho Oswald estaba acurrucado en el puente; y, como Bingo no se veía, di por sentado que había tomado posiciones.
Mi reloj marcaba dos minutos pasada la hora.
“¿Eh?”, dije. “Oh, ah, sí. Estaba pensando en otra cosa”.
—Dijiste que tenías algo importante que decirme.
—¡Absolutamente! —Había decidido dar la bienvenida al asunto abriéndole un poco el camino al joven Bingo. O sea, sin mencionar exactamente su nombre, quería preparar la mente de la chica para el hecho de que, por sorprendente que pudiera parecer, había alguien que la amaba desde hacía tiempo en la distancia y todo ese rollo patatero—. Es así —dije—. Sonará raro y todo eso, pero hay alguien que está pavorosamente enamorado de ti y