ya entonces me llamó la atención que hubiera algo maldito y raro —casi siniestro, si sabes a lo que me refiero— en los modales del joven Bingo. El viejo colega tenía el aire de quien se trae algo entre manos.
“Aquí hay gato encerrado”, dije. “¿Por qué iba tu tío a invitar a almorzar a un tipo al que jamás ha visto?”.
—Mi querido viejo cabezón, ¿no acabo de decirle que le he estado hablando de ti, que eres mi mejor amigo, que fuimos juntos al colegio y todo eso?
“Pero aun así—y otra cosa. ¿Por qué te empeñas tanto en que me vaya?”
Bingo dudó por un momento.
—Bueno, te dije que se me había ocurrido algo. Es esto. Quiero que tú le sueltes la noticia. Yo no tengo el valor.
“¡Qué va! ¡Que me ahorquen si lo hago!”
“¡Y tú que presumes de amigo mío!”
“Sí, ya lo sé; pero hay límites”.
—Bertie —dijo Bingo con reproche—, yo te salvé la vida una vez.
“¿Cuándo?”
“¿No lo hice? Habrá sido algún otro tipo, entonces. Bueno, de cualquier manera, fuimos muchachos juntos y todo eso. No puedes fallarme”.
—Bueno, de acuerdo —dije—. Pero, cuando dices que te falta valor para cualquier maldita cosa en este mundo, te estás juzgando mal. Un tipo que...
—¡Hasta luego! —dijo el joven Bingo—. A la una y media mañana. No llegues