Jeeves—mi criado, ya saben—es en verdad un tipo de lo más extraordinario. Sumamente capaz. Sinceramente, no sabría qué hacer sin él. En términos generales, es como esos tipos que se sientan a mirar con tristeza por encima de las almenas de mármol en la estación de Pensilvania, en el lugar que dice «Información». Ya saben a qué fulanos me refiero. Uno se les acerca y les dice: «¿A qué hora sale el próximo tren para Melonsquashville, Tennessee?», y ellos responden, sin pararse a pensar: «A las dos y cuarenta y tres, vía diez, transbordo en San Francisco». Y aciertan siempre. Pues bien, Jeeves da exactamente la misma impresión de omnisciencia.
Como ejemplo de lo que quiero decir, recuerdo haberme cruzado con Monty Byng en Bond Street una mañana, hecho un pincel con un traje de cuadros grises, y sentí que jamás volvería a ser feliz hasta no tener uno igual. Le saqué la dirección de los sastres y los puse a trabajar en el asunto en menos de una hora.
—Jeeves —le dije esa noche—: Voy a hacerme un traje de cuadros como ese del señor Byng.
—Imprudente, señor —dijo con firmeza—. No le sentará bien.
«¡Qué estupidez más grande! Es lo más sensato con lo que me he topado en años».
“Inadecuado para usted, señor”.
Bueno, el caso es que la maldita prenda llegó a casa, me la puse y, al verme en el espejo, estuve a punto de desmayarme. Jeeves tenía toda la razón. Parecía un cruce entre un cómico de variedades y un corredor de apuestas