ganar! Vaya, iba tan atrás que casi llega primero en la siguiente carrera”.
—¡Bah! —dijo el viejo Bittlesham.
—Tut tiene razón —convine. Entonces me percaté de lo estrafalario del asunto—. Pero si no has metido la pata en la carrera —dije—, ¿por qué tienes esa cara de pánico?
“¡Ese tipo está aquí!”
—¿Qué sujeto?
“Ese hombre barbudo”.
Demostrará hasta qué punto el hierro había penetrado en mi alma el hecho de que esta fuera la primera vez que pensaba en el joven Bingo. De repente recordé ahora que me había dicho que estaría en Goodwood.
“Está pronunciando un discurso inflamatorio en este mismo momento, dirigido específicamente a mí. ¡Ven! Donde está esa muchedumbre”.
Me arrastró consigo y, utilizando su peso científicamente, nos metió en la primera fila.
“¡Mira! ¡Escucha!”
El joven Bingo estaba sin duda soltando unas perlas de mucho cuidado. Inspirado por la agonía de haberlo apostado todo a un jamelgo que no había quedado ni entre los seis primeros, se estaba despachando a gusto sobre la negrura de los corazones de los propietarios plutócratas que permitían que un público confiado creyera que un caballo era una maravilla cuando no era capaz de trotar ni la longitud de su cuadra sin hacérsele un lío las patas y sentarse a descansar. A continuación pasó a trazar lo que, he de admitir, fue un cuadro sumamente conmovedor sobre la ruina del hogar de un obrero debido a semejante deshonestidad. Nos mostró al obrero, todo optimismo y cándida confianza,