haría. ¿Has olvidado que hace un año pasé treinta días sin opción a multa por darle un puñetazo a un policía en el estómago la noche de la regata?”
“Pero estabas chispa en ese momento”.
“Exacto. ¿Qué derecho tiene un presidiario ebrio a aspirar a una diosa?”
Mi corazón se compadecía del pobre anciano.
—¿No estás exagerando un poco las cosas, viejo amigo? —le dije—. Todos los que han tenido una buena educación se ponen un poco chispas la noche de la regata, y la flor y nata casi siempre acaba teniendo problemas con los agentes de la ley.
Negó con la cabeza.
—No sirve de nada, Bertie. Tienes buenas intenciones, pero las palabras son inútiles. No, solo puedo adorarla desde la distancia. Cuando estoy en su presencia, un extrañísimo mutismo se apodera de mí. Me da la sensación de que se me enreda la lengua con las anginas. Me costaría tanto reunir el valor para proponerle matrimonio como... ¡Adelante! —gritó.
Porque, justo cuando empezaba a marchar de maravilla y a mostrar un poco de elocuencia, había resonado un golpe en la puerta. De hecho, no tanto un golpe como un porrazo —o incluso un salpicón—. Y en ese momento hizo su entrada un pájaro grande y de aspecto importante, con ojos penetrantes, nariz aguileña