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nydus/Jeeves StoriesPublic
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La tía y el holgazán

cuando se abrió la puerta y la voz de Jeeves estalló en el silencio como una bomba.

No es que hablara alto. Tiene una de esas voces suaves y relajantes que se deslizan por el ambiente como el balido de una oveja lejana. Fue lo que dijo lo que me hizo dar un brinco como el de una gacela joven.

“¡Señorita Rockmetteller!”

Y entró una mujer grande y corpulenta.

La situación me dejó KO. No lo niego. Hamlet debió de sentirse más o menos como yo cuando el fantasma de su padre se materializó en el campo de golf.

Me había acostumbrado a ver a la tía de Rocky como un mobiliario fijo en su propia casa, así que me parecía imposible que pudiera estar de verdad aquí, en Nueva York. Me quedé mirándola fijamente.

Luego miré a Jeeves. Estaba allí plantado con una actitud de digno desapego, el zoquete, cuando, si alguna vez había tenido que acudir en auxilio del joven amo, era en ese preciso instante.

La tía de Rocky tenía menos aspecto de inválida que nadie que haya visto en mi vida, a excepción de mi tía Ágatha. De hecho, tenía mucho de la tía Ágatha. Daba la impresión de que podría ser malditosamente peligrosa si se la provocaba; y algo parecía decirme que sin duda se consideraría provocada si llegaba a enterarse del numerito que el pobre viejo Rocky le había estado montando.

—Buenas tardes —conseguí decir.

—¿Cómo le va?

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