cuerpo bajo la mesa del comedor, y luego tuvo que ser el alma y la vida de una cena, teniéndolo allí todo el tiempo. Mi secreto culpable me oprimía de tal manera que al cabo de un rato no lo pude soportar más. Encendí otro cigarrillo y me fui a dar un paseo por los jardines, a modo de refrescarme.
Era una de esas tardes tranquilas que se dan en verano, en las que se puede oír a un caracol aclararse la garganta a una milla de distancia. El sol se estaba poniendo sobre las colinas y los mosquitos andaban revoloteando por todas partes, y todo olía bastante bien —entre la caída del rocío y demás— y yo empezaba a sentirme un poco reconfortado por la paz de aquello cuando de repente oí que pronunciaban mi nombre.
“Es sobre Bertie.”
¡Era la odiosa voz del joven y marchito Edwin! Por un momento no pude ubicarla. Luego me di cuenta de que venía de la biblioteca. Mi paseo me había llevado a pocos metros de la ventana abierta.
A menudo me había preguntado cómo hacían esos tíos de los libros; me refiero a los tipos a los que les bastaba una fracción de segundo para hacer una docena de cosas que les habrían debido llevar unos diez minutos. Pero, a decir verdad, me bastó una fracción de segundo para tirar el cigarrillo, soltar un taco, dar un