ya eran un clan de rancio abolengo cuando Guillermo el Conquistador era un crío que iba con las piernas al aire y un tirachinas. Durante siglos han llamado a los reyes por su nombre de pila y han ayudado a los duques con el alquiler semanal; y prácticamente no hay nada que pueda hacer un Mannering-Phipps que no empañe su blasón. Así que lo que diría la tía Ágata —aparte de afirmar que la culpa era toda mía— al enterarse de la terrible noticia, era algo que mi imaginación no alcanzaba a concebir.
—Vuelve al hotel, Gussie —le dije—. Hay allí un deportista que mezcla unas cosas que llama rayos zumbadores. Algo me dice que ahora mismo necesito uno. Y discúmpame un minuto, Gussie. Quiero enviar un telegrama.
A esas alturas me había quedado claro que la tía Ágatha había elegido al hombre equivocado para esta labor de desatar a Gussie de las garras de la profesión de vaudeville estadounidense.
Lo que necesitaba eran refuerzos. Por un momento pensé en ponerle un cable a la tía Ágatha para que cruzara el charco, pero la razón me dijo que eso sería pasarse de la raya. Quería ayuda, pero no tanto como para llegar a tanto. Se me ocurrió lo que me pareció un término medio ideal. Le puse un cable a la madre de Gussie y lo marqué como urgente.
—¿De qué trataba el cablegrama? —preguntó Gussie, más tarde.
—Oh, solo para decir que había llegado bien, y toda esa sarta de tonterías —contesté.
Gussie