quedé mudo. Lo cual fue una suerte, porque no habría tenido la menor oportunidad de soltar ninguna frivolidad. Lady Malvern acaparó la conversación. Lo había estado reteniendo, y ahora salió de golpe:
“¡Así es como ha cuidado de mi pobre y querido muchacho, señor Wooster! ¡Así es como ha traicionado mi confianza! ¡Lo dejé bajo su cuidado pensando que podía confiar en usted para escudarlo del mal! ¡Llegó a su lado inocente, sin experiencia en los asuntos del mundo, confiado, poco acostumbrado a las tentaciones de una gran ciudad, y usted lo ha extraviado!”
No tenía nada que objetar. Lo único que se me ocurría era la imagen de la tía Ágatha absorbiendo todo aquello y afilándose el hacha para cuando yo volviera.
—Tú a propósito—
Lejos, en la brumosa lejanía, una voz suave habló:
—Si me permite explicarle, su señoría.
Jeeves se había proyectado desde el comedor y se había materializado sobre la alfombra. Lady Malvern intentó fulminarlo con la mirada, pero con Jeeves ese tipo de cosas no funcionan. Es a prueba de miradas.
—Me parece, señora, que ha malinterpretado al señor Wooster, y que es posible que le haya dado la impresión de que él se encontraba en Nueva York cuando su señoría —fue apartado—. Cuando el señor Wooster informó a su señoría de que su señoría había marchado a Boston, se fiaba de la versión que yo le había dado sobre