—dijo al fin—. Me siento más o menos como una cebolla. Podrías meter algunas cosas en una maleta y llevarme en coche mañana.
“Muy bien, señor.”
—Y cuando volvamos estaré como una rosa y listo para encargarme del numerito de los piesambulatorios.
“Exactamente, señor”.
Bien, fue un respiro, y lo agradecí. Pero comencé a ver que se había presentado una crisis que requeriría un manejo diestro.
Rara vez había observado al señor Wooster más empeñado en algo. De hecho, no recordaba tal despliegue de determinación por su parte desde aquella vez en que insistió, en contra de mi evidente desaprobación, en usar calcetines morados.
Sin embargo, yo había lidiado con éxito con aquel brote, y no albergaría dudas de que eventualmente lograría llevar el asunto presente a un feliz término.
Los amos son como los caballos. Requieren manejo. Algunos ayuda de cámara tienen el don de manejarlos, otros no. Yo, me alegra decir, no tengo motivos de queja.
Por mi parte, encontré nuestra estancia en Brighton sumamente agradable y habría estado dispuesto a prolongarla, pero el señor Wooster, todavía inquieto, se cansó del lugar al cabo de dos días, y a la tercera tarde me indicó que hiciera las maletas y llevara el coche al hotel. Emprendimos el regreso por la carretera de Londres hacia las cinco de un hermoso día de verano, y habríamos recorrido tal vez dos millas cuando percibí en la