tan conmovido que por poco le estrecho la mano.
—Jeeves —le dije—, ¡nada de discusiones! ¡Este muchacho se pone la camisa de los Wooster!
—Muy bien, señor —dijo Jeeves.
Lo peor de estas reuniones campestres es que no puedes apostar tan fuerte como te gustaría cuando consigues un buen dato, porque eso alarma a la mafia.
Steggles, aunque lleno de granos, no era, como ya he indicado, ningún tonto, y si hubiera invertido todo lo que quería, habría atado cabos. Sin embargo, logré colocar una apuesta bastante sólida para el sindicato, aunque eso sí hizo que pusiera cara de preocupación.
Me enteré en los días siguientes de que había estado haciendo indagaciones minuciosas en el pueblo acerca de Harold; pero nadie pudo decirle nada y, al final, supongo que llegó a la conclusión de que yo debía estar jugándome un lance arriesgado basándome en esa ventaja de treinta yardas.
La opinión pública oscilaba entre Jimmy Goode, con diez yardas de ventaja, siete a dos, y Alexander Bartlett, con seis yardas de ventaja, once a cuatro. A Willie Chambers, en la línea de salida, se lo ofrecían al público a dos a uno, pero no encontró quien se lo aceptara.
No queríamos correr ningún riesgo con el gran evento, y tan pronto como apostamos nuestro dinero a un buen doce a cien, metimos a Harold en un entrenamiento estricto. Fue un asunto agotador, y ahora puedo