taza de té en una bandeja.
¡Feliz Navidad, señor!
Extendí una mano débil en busca de la poción reconstituyente. Me tomé un trago o dos y me sentí un poco mejor. Me dolían todos los miembros y la cabeza me pesaba como el plomo, pero ahora era capaz de pensar con cierta claridad, así que clavé en el hombre una mirada pétrea y me dispuse a cantar las cuarenta.
—¿Eso cree usted? —dije—. Mucho, déjeme decirle, depende de lo que entienda por el adjetivo «alegre». Si, además, supone que va a ser alegre para usted, corrija esa impresión. Jeeves —dije, tomando otra media onza de té y hablando con voz fría y medida—, deseo hacerle una pregunta. ¿Sabía