El asunto empezó en realidad en el Parque —por el lado de Marble Arch—, donde los pájaros más raros de todas clases se reúnen los domingos por la tarde y se suben a cajones de jabón para dar discursos. No es muy frecuente que me encuentres por allí, pero dio la casualidad de que, el domingo siguiente a mi regreso a la buena y vieja metrópoli, tenía que hacer una visita en Manchester Square y, al dar un paseo por esa zona para no llegar demasiado temprano, me encontré justo en medio de aquello.
Ahora que el Imperio ya no es lo que era, siempre pienso que el Parque un domingo es el centro de Londres, si sabes a lo que me refiero.
Quiero decir que ese es el lugar que le da al exiliado que regresa la seguridad absoluta de que está de vuelta. Después de lo que podríais llamar mi estancia forzosa en Nueva York, debo confesar que me quedé allí bebiéndomelo todo con avidez.
Me hizo un bien enorme escuchar a los muchachos alzar la voz y darme cuenta de que todo había terminado felizmente y Bertram estaba de nuevo en casa.
En el extremo de la turba más alejado de mí, una pandilla de tíos con sombrero de copa estaba empezando un servicio misionero al aire libre; más cerca, un ateo se explayaba con bastante brío, aunque un poco disminuido por no tener paladar; mientras que frente a mí se encontraba un pequeño grupo