medio suficientemente grande para que ningún tipo viva en ella con la tía Ágatha cuando va tras sus pasos con el hacha de guerra. Y por eso tengo que decir que a este lelo de Bassington-Bassington, cuando llegó, lo vi más o menos como a una Paloma de la Paz, y estaba de su parte a más no poder.
A juzgar por los relatos de la época, debió de presentarse una mañana a las siete y cuarenta y cinco, que es esa hora espantosa en la que te desembarcan del transatlántico en Nueva York. Jeeves lo despidió con una respetuosa peineta y le dijo que lo intentara de nuevo unas tres horas más tarde, cuando habría posibilidades razonables de que yo hubiera saltado de la cama con un grito alegre para dar la bienvenida a un nuevo día y todo eso. Lo cual fue bastante noble por parte de Jeeves, a propósito, pues la verdad es que en ese momento había un ligero distanciamiento, un toque de frialdad, un pequeño enfrentamiento, en otras palabras, entre nosotros debido a unos calcetines morados bastante incalculables que yo llevaba puestos contra su voluntad; y un hombre de menor categoría habría aprovechado fácilmente la ocasión para vengarse un poco de mí soltando a Cyril en mi dormitorio en un momento en que yo no habría podido soportar una conversación de dos minutos ni con mi mejor amigo. Porque