de la dirección de las almohadas. La lógica me dijo que un tipo capaz de roncar de esa manera no iba a despertarse por una nadería. Me acerqué con cautela y pasé una mano de manera muy delicada por encima de la colcha. Un momento después encontré el bulto. Dirigí hacia él la buena y vieja aguja de zurcir, agarré el mango y empujé. Luego, sacando el arma, me deslicé de costado hacia la puerta y en otro instante habría estado fuera, zumbando rumbo a casa y al merecido descanso nocturno, cuando de repente se oyó un estrépito que hizo que mi columna vertebral se disparara a través de la coronilla, y el contenido de la cama se incorporó de un salto como un muñeco de resorte y dijo:—
—¿Quién es ése?
Esto no hace más que demostrar cómo tus movimientos estratégicos más minuciosos pueden ser precisamente los que arruinen tu campaña. Para facilitar la retirada ordenada según lo previsto, había dejado la puerta abierta, y el maldito bicho se había cerrado de golpe como una bomba.
Pero no estaba pensando mucho en las causas de la explosión, ya que tenía otras cosas en la cabeza. Lo que me perturbaba era el descubrimiento de que, fuera quien fuese el tipo de la cama, no era el joven Tuppy. Tuppy tiene una de esas voces agudas y chillonas que suenan como el tenor del coro del pueblo