era como apacible y de santa. No pretendo ser un Sherlock Holmes ni nada por el estilo, pero en cuanto la miré me dije: «¡Esta chica toca el órgano en la iglesia de un pueblo!».
Well, nos quedamos mirándonos un momento, hubo cierta cantidad de charla insulsa, y luego me arranqué de allí.
Pero antes de irme me había comprometido a llevar a hermano y a la chica a dar un agradable paseo en coche esa misma tarde. Y la idea me deprimió hasta tal punto que sentí que solo había una cosa que hacer.
Volví directo a mi habitación, saqué el fajín y me lo envolví alrededor de la vieja panza. Me di la vuelta y Jeeves se espantó como un mustang asustado.
—Le ruego que me disculpe, señor —dijo con una especie de voz apagada—. ¿Acaso no estará proponiendo presentarse en público con esa cosa?
—¿El fajín? —dije de un modo descuidado y elegante, quitándole importancia—. ¡Pues claro que sí!
“No se lo aconsejaría, señor, de verdad que no”.
¿Por qué no?
—El efecto, señor, es sumamente estridente.
Me enfrenté al joío sin contemplaciones. O sea, nadie mejor que yo sabe que Jeeves es una mente privilegiada y todo eso, pero, caramba, un tipo tiene que ser dueño de su propia alma. No puedes ser el siervo de tu ayuda de cámara. Además, me sentía bastante deprimido y la faja era lo único capaz de alegrarme el día.
—Sabe, el problema que