la cocina dándole al suplente unos cuantos consejos sobre sus obligaciones. Se me dio por necesitar un sello o algo así, y avancé por el pasillo para pedírselo. El imbécil había dejado la puerta de la cocina abierta, y no había dado dos pasos cuando su voz me alcanzó de pleno en el tímpano.
—Encontrará al señor Wooster —le decía al sustituto—, un joven sumamente agradable y simpático, pero nada inteligente. De ningún modo inteligente. Mentalmente es desdeñable; bastante desdeñable.
Pues, quiero decir, ¡qué cosas!
Supongo que, hablando en estricto rigor, debería haberme plantado y haberle cantado las cuarenta al fulano ese como Dios manda, con voz bien firme. Pero dudo que humanamente sea posible cantarle las cuarenta a Jeeves.
Personalmente, ni siquiera lo intenté. Simplemente pedí mi sombrero y mi bastón de forma muy ostensible y puse pies en polvorosa.
Pero el recuerdo me rumiaba por dentro, si saben a lo que me refiero. Los Woosters no olvidamos a la ligera. O bueno, sí—ciertas cosas—como las citas, los cumpleaños ajenos, las cartas que hay que echar al buzón y todo eso, pero una absoluta y maldita ofensa como la de antes, ni hablar. Me quedé rumiando como un condenado.
Todavía le daba vueltas a la cabeza cuando pasé por la barra de ostras de Buck’s para tomarme un trago rápido que me espabilará. Necesitaba un trago con bastante urgencia en ese momento, porque iba de camino